Gustavo Araya

  • A medida que pasa el tiempo aparece evidencia suficiente para comprobar que don Oscar Arias efectivamente tenía que pensar su lanzamiento (que va más allá de ganar caminando o mostrar gula) y que don José Mar […]

  • La situación no es tan “sencilla” como pronunciarse a favor o en contra del régimen venezolano, lo cual no quiere decir que no haya que hacerlo. Hoy, el pronunciamiento de Almagro (de invocar la Carta D […]

  • Gracias don José. No recuerdo calificar cuando intervengo en los medios, pero de seguro puedo estar equivocado. Le agradecería me señale ejemplos, los cuales usaré para corregir entonces ese comportamiento o hábito. Además gracias por su observación. Saludos.

  • Gracias Esteban. Concuerdo. Generalmente prefiero utilizar el título “politólogo”, pues analistas en efecto puede que haya muchos. No he leído el texto de Luhmann que señalas – o no lo recuerdo – pero también concuerdo, bien podría ser un asunto de palabras. Un gran abrazo.

  • Los primeros 365 días del presente gobierno son para analizar no sólo las acciones del Gobierno y la Asamblea Legislativa, sino también las de los partidos políticos, los políticos, así como empresarios, […]

  • Resulta extraño que un diputado y no el Presidente de la República anuncie la salida de un miembro del gabinete. Aún más extraño que el miembro del gabinete sea el Ministro de la Presidencia, que es la mano […]

  • Se imagina usted a un médico que, luego de un diagnóstico, le diga “usted está horriblemente enfermo”, o bien que le dijera “qué inútil ha sido usted, no es capaz de seguir las indicaciones ¿verdad?”. Qué tal si trocase la frase de prescripción en un “usted no parece tener futuro, su recuperación será espeluznante”.

    Cualquiera de estas reacciones de la persona profesional en medicina sería inesperada ¿verdad?

    Y si usted fuera donde el mecánico y le dijera “Ese problema en su auto es porque como que usted es medio torpe” o mejor aún si le dijera “Mejor usted no maneje, más parece que le salió la licencia en un cereal”.  ¿Usted lo esperaría? No ¿cierto?

    Pues bien, precisamente hace muchos años desde mi formación en Ciencias Políticas, uno de mis maestros (Daniel Masís Iverson) me aconsejó – en concordancia con mi formador en Filosofía (Victoriano Garrido) quien me urgió siempre a buscar las causas últimas – que entre menos o del todo omitiera los calificativos y los adjetivos, mejor sería para el análisis. Y ello basado en varias premisas, entre las que destacan las siguientes:

    a)      Deben eliminarse las cargas valorativas subjetivas del análisis. A nadie le importa si uno piensa que algo es “bonito” o “feo”, “tonto” o “genio”, pues todo ello depende de motivaciones absolutamente subjetivas y por lo tanto relativas, a los gustos y preferencias de cada una de las personas.

    b)      Las valoraciones (adjetivos, epítetos y demás) no aportan al análisis en lo absoluto.  Si un mecánico dice que el freno está desgastado, no le agrega nada que indique está “trágicamente” desgastado. Finalmente, el freno tiene un desgaste y ya. Si quisiera “calificar” dicho desgaste aporta más si  da las dimensiones concretas (en milímetros o en la forma del desgaste) que en la valoración subjetiva del mismo. Otro mecánico podrá pensar que la cosa no es tan grave. Calificar el desgaste no lo hace ni mejor ni peor mecánico, pero dar en la causa del desgaste y señalar la solución del problema sí.

    c)       Las calificaciones no sólo no aportan nada sino que convierten al texto del análisis – y por lo tanto a su creador – en lo relevante. Es decir, es similar a como si el texto cobrase vida y de repente la discusión es sobre el análisis y no sobre lo que el análisis versa. Lo importante es la realidad y ver cómo discutir, para dar soluciones, no los análisis y sus percepciones. Habrá a quienes les gustan los análisis pomposos, cargados de juicios de valor, adjetivos y epítetos, pudiendo encontrarse los fines en el auto-halago, ganar notoriedad ellos o ellas como “analistas” y no realmente aportar a la discusión, o bien porque consideran que las formas y no el fondo es lo que “suma”. Otros, porque en realidad están en campaña a favor o en contra de lo que versan sus escritos y declaraciones.

    Lo cierto del caso es que, sean estas u otras razones, las valoraciones enturbian el análisis y desvían la atención de lo sustantivo. No se está siendo honesto con quienes se supone son las personas destinatarias del texto (oral o escrito), pues hay un “pre-texto” (texto previo o razón detrás) que no se está diciendo. Esos “análisis” esconden las verdaderas intenciones de quienes los formulan y no resulta fácil encontrarlas, mas sí cuando se observa el uso, y a veces hasta abuso, de calificativos.

    Es una lucha interna que debemos dar todos – no importa si se analiza una situación como politólogo o como ingeniero civil – de no imprimir nuestras propias valoraciones a aquello se supone es nuestro objeto de estudio. Claro está por ejemplo que una persona profesional en ingeniería, derecho, así como aquellas que se dedican a la mecánica o a la medicina, digamos que “nada” pasa si cargan de epítetos sus análisis o diagnósticos…aunque sí afectan. Pero en el caso de la política y máxime quienes trabajamos en comunicación política sí. Nuestras valoraciones subjetivas sesgan y podrían inducir a error, más aún cuando esa persona “analista” se toma como referente.

    Permítaseme este texto, con el pre-texto, de intentar colaborar en encontrar a quienes buscamos hacer Ciencia Política y Comunicación Política, con apego a valores democráticos. Obviamente podemos equivocarnos, pero buscamos ser prestos en la búsqueda de las causas y sus consecuencias, desenmarañar lo que observamos, pero hacerlo siempre sin procurar dobles agendas.  No busco calificar a nadie, no vaya a ser que caiga presa de mis propias palabras. Mi intención es ser transparente: sí, el título de este artículo sólo buscaba llamar la atención.

    Dicen que “perro que come perro no es buen perro”. Lo que sucede es que debemos diferenciar entre “analistas” y seguidores, “analistas” y simpatizantes. El título universitario no lo es todo.

    • Gracias Esteban. Concuerdo. Generalmente prefiero utilizar el título “politólogo”, pues analistas en efecto puede que haya muchos. No he leído el texto de Luhmann que señalas – o no lo recuerdo – pero también concuerdo, bien podría ser un asunto de palabras. Un gran abrazo.

    • ¡Gracias!

    • Gracias don José. No recuerdo calificar cuando intervengo en los medios, pero de seguro puedo estar equivocado. Le agradecería me señale ejemplos, los cuales usaré para corregir entonces ese comportamiento o hábito. Además gracias por su observación. Saludos.

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